Shirley Ramírez, una mamá campeona que pedaleó contra todo para llevar a “La Chispita” al oro mundial
Cuando Valentina Jiménez, conocida como “La Chispita”, levantó los brazos en Copenhague y se colgó el oro mundial de BMX Racing, el triunfo no comenzó en la rampa final ni en el cronómetro que marcó 39.3 segundos. Empezó muchos años atrás, en una casa de Bello donde otra mujer, su mamá, decidió no bajarse nunca de la bicicleta invisible que implica ser madre, proveedora, entrenadora emocional y sostén financiero al mismo tiempo.
Shirley Johanna Ramírez Higuita tiene 43 años. Llegó a Bello cuando tenía ocho años , después de salir de Caldas, Antioquia, por dificultades familiares. Creció en el barrio El Trapiche, estudió en la Escuela La Primavera y se graduó del Liceo Fernando Vélez.
Desde joven entendió que la vida no daba tregua: “Yo terminé el bachillerato e inmediatamente comencé a trabajar para poder ayudar a mi mamá económicamente” . Era la mayor de cuatro hermanos y, tras la separación de sus padres, asumió responsabilidades que marcaron su carácter.
El primer sueldo lo convirtió en el símbolo material de una promesa: “Ahorré porque mi mamá no tenía lavadora y mantuve la ilusión de ese primer empleo, para darle ese regalo y así no tuviera que seguir lavando la ropa a mano” .
Esa escena explica mucho de lo que vino después. Resume la resiliencia de lo que significa ser mujer y mamá al mismo tiempo, una fortaleza que años más tarde la llevaría a tener una hija campeona y a convertirse, también, en una.
En el colegio entrenó baloncesto durante seis años. Bajaba caminando desde El Trapiche hasta el polideportivo para cumplir con cada entrenamiento. Soñó con la Selección Antioquia y aprendió una lección que hoy repite en casa: “Cuando uno hace las cosas que a uno le gustan, nadie tiene que estar encima, porque uno mismo se exige” . Esa fue su primera medalla: la disciplina. Las demás llegaron tiempo después, colgadas al cuello de su hija “La Chispi”.
Reencuentro con el deporte
Años más tarde, ya separada y con dos hijos pequeños, el deporte volvió a tocar la puerta. Primero fue Sebastián, su hijo mayor, quien pidió entrenar bicicrós. Sin planearlo, esa decisión se convirtió en una forma de sobrellevar la separación. Mientras él entrenaba, Valentina patinaba al frente de la pista, hasta que un día pidió una bicicleta de regalo y no se bajó nunca más.
“La Chispi”, como la bautizaron por su energía inagotable, comenzó a competir y los gastos empezaron a crecer. Nacional tras nacional, la ilusión chocaba con la realidad económica. Entonces Shirley volvió a hacer lo que sabía: trabajar sin vergüenza y sin excusas. “Mientras Valentina entrena, yo vendo algo para poder acompañarla a los campeonatos” , cuenta.
Así nacieron los bolis artesanales que aún la acompañan en cada entrenamiento. Después llegaron las papas, la gaseosa y la cerveza en las competencias. Una cava en la moto, una sonrisa firme y la convicción de que ningún sacrificio es pequeño cuando se trata del sueño grande de su hija de apenas 16 años.
“Uno, para trabajar honradamente, hace lo que sea” , dice con naturalidad. No habla desde la queja, sino de la gestión diaria.
Aunque el padre de sus hijos ha respondido por ellos, Shirley quiso estar presente en cada carrera. No por desconfianza, sino por convicción. “Yo siempre he querido acompañarla, que ella sienta ese apoyo mío, porque yo en algún momento lo tuve de mi mamá y eso siempre me animó a salir adelante” . Esa cadena de mujeres fuertes (abuela, madre e hija) es la verdadera herencia que hoy las ha llevado a cruzar fronteras, y añade una frase que resume su linaje femenino: “Nosotras somos muy fuertes, muy capaces” .
En su familia, a las mujeres les dicen “ las melas ”, en honor a la abuela. Por eso, cada vez que Valentina gana, dibuja una “M” con sus manos. No es la W de world champion . Es la M de las mujeres que la sostienen.
Siempre hacia adelante
En medio del cansancio, de los trasnochos y de los días en que también ha fallado, como ella misma reconoce, Shirley no se permitió rendirse. “Sí, me considero una mamá campeona porque no me dejé llevar por un dolor, por una separación, sino que quise demostrar que iba a ser capaz de sacar a mis hijos adelante. No he sido la mamá perfecta… pero siempre he querido que ellos estén bien” , afirma.
Hoy, mientras su hija deja atrás la categoría Challenger y asume nuevos retos en Junior, el calendario internacional ya marca próximas paradas en Estados Unidos, desde Carolina hasta el Race of Champions en noviembre. Y en cada fecha, antes de que Valentina se pare en la rampa, hay una madre que le echa la bendición y vuelve a subirse, simbólicamente, a esa bicicleta invisible que nunca ha dejado de pedalear.
En el mes en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, la historia de Shirley no es solo la antesala de una campeona mundial. Es el recordatorio de que en Bello hay mujeres que gestionan el futuro desde la cocina, desde una cava llena de bolis, desde un trabajo de medio tiempo o desde una grada silenciosa para apoyar a sus hijas.
“Ser una mamá campeona es una alegría muy grande, es mantener una fuerza inigualable para ser el pilar de la familia y brindar un amor incondicional” , puntualiza Shirley.
Y mientras “La Chispi” acelera hacia nuevas metas, en cada pedalazo viaja también la historia de una madre que decidió, contra todo, no bajarse jamás.

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